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Aulas Activas 2003

I.E.S. Ribera del Duero

Miércoles, 12 de marzo

30 de enero de 2022, por Arturo J. Murias

Diario de actividades

Hoy nos despertó Eminem, con su habitual energía. Justo lo que hacía falta en un día en el que, tras salir a las diez de la mañana del albergue, nos disponíamos a pasarlo casi por entero en el campo, hasta que retornásemos más o menos a las ocho de la tarde.

Nada más salir ya vimos algo de interés para cualquier naturalista aficionado: el fósil de un ammonoideo ceratítido incrustado en las calizas de la acera que bordeaba el albergue. Lo siguiente que aprendieron nuestros alumnos de la ribera burgalesa del Duero fue qué es un hórreo y cuáles son sus partes, tal como las llaman en esta zona: los pegoyos, los tornarratas, el cantapaxeiros... Tras hacer un dibujo del que vimos en el pueblo de Fontún de la Tercia, adornado con dos yugos y dos arados, seguimos camino. La siguiente parada fue ya en el pequeño pueblo de Velilla de la Tercia, junto a una fuente; allí observamos las galerías causadas por el barrenillo de las cortezas (el insecto coleóptero que es portador del hongo que causa la grafiosis) en un olmo descortezado.

Y en marcha otra vez, cada vez más cuesta arriba, entre arroyos y riachuelos, hasta las faldas del Pico Fontún. Allí nos adentramos en un hayedo salpicado de avellanos que en esta época del año ya presentaban esas inflorescencias colgantes que llamamos amentos. Las hayas, por su parte, estaban aún más desnudas, y solo unos hayucos, que recogimos del suelo, nos permitieron conocer algún elemento distintivo de estos árboles, que en nuestro país solo podemos ver en la cornisa cantábrica.

Y después de una poco tranquilizadora (para mí) sesión de fotografías entre los riscos, paramos por fin para comer. (Dicho sea entre paréntesis, los bocadillos de filete ruso frío motivaron algún comentario poco entusiasta acerca del supuesto destino de las albóndigas que sobraron de la comida del día anterior. Pero las cosas como son: pocas veces habrá comido tan bien la pareja de canes que tuvieron el acierto de acercársenos, lo que dice mucho en favor de muchachos tan caritativos como estos alumnos nuestros).

A la tarde caminamos durante un rato hasta la ermita de Barrio de la Tercia, tras pasar por el pueblo de tal nombre (parada para beber en una fuente), y después seguimos por una cuesta que a más de uno (concretamente, a más de una) le quitó las ganas de continuar subiendo hasta la que llaman la Peña del Castillo. Desde allí la vista sobre el Valle de la Tercia y los montes que la rodean bien merecía la pena.

Tras bajar todos a la ermita, y después de que Sandra le explicara a su abuela lo bien que se lo estaba pasando, Carmen nos habló un poco de los melojos, un roble muy típico de toda la cuenca del Duero: en este mes de marzo presentaban ese hermoso color dorado que les proporcionan las hojas marcescentes que se resisten a caer, aún secas, para proteger sus yemas del frío y de la nieve. Tras ello, los alumnos hicieron un dibujo del paisaje que se veía desde el pie de la ermita y merendaron los pocos que no se habían comido el trozo de chocolate al mediodía. Durante este rato tuvimos la suerte de ver un alimoche a lo lejos, volando y posado en medio de un camino. Para terminar, frente al desmonte por el que discurría el camino, Luis nos explicó cómo era y cómo se había formado el suelo cuyo perfil pudimos observar con gran claridad y, junto con Carmen, nos explicó las causas y las nefastas consecuencias de los incendios forestales.

Como todos los días, lo más festivo vino por la noche, tras la ducha y la cena. Parece mentira lo que cunde un concurso de canciones (el que repite pierde). Duró más de una hora: la galería de fotografías da buena cuenta de ello. Por cierto que me llamó la atención lo bien que se reciclan algunas melodías: quiero decir que los que tienen mi edad quizás no sepan que esa pegadiza musiquilla que, cuando éramos críos, soportaba esos simpáticos versos que proclamaban lo de que "son tus perjúmenes mujer, los que me sulivellan", ahora parece dar cobijo a una letra algo menos comedida, que nuestros adolescentes cantan con alborozo. En fin, que como escribió el poeta José María Gabriel y Galán, "ondi jueron los tiempos aquellos, que pué que no güelvan...".

Naturalmente los chicos se llevaron la alegría a la cama, pero no sin cierto orgullo puedo afirmar que solo el jolgorio provocado por dieciocho de ellos encerrados en una misma habitación fue capaz de despertarme de mi merecido sueño. Esta vez fue Luis el que tuvo a bien salir a recordarles que nuestra administración autonómica había puesto una cama a disposición de cada uno de ellos y que, aunque solo fuera por hacer gasto, no era mala idea hacer uso de ellas.

Imágenes